Aquel vagón


El madrugón al que no estaba acostumbrado y el traqueteo de aquel vehículo habían conseguido que mis párpados entornaran y me hicieran dormir durante algunos instantes, o quizás minutos, durante los cuales no fui para nada consciente de lo que pasaba a mi alrededor. El caso es que al despertar de ese minúsculo sueño, me encontré con que algo extraño estaba pasando, o al menos eso es lo que intuí tras constatar lo que mis ojos recién abiertos estaban viendo.

Nadie de quién recordaba que me acompañaba en el viaje antes de cerrar los ojos estaba allí. Quizás mi ejercicio de dormitación se había alargado más de lo que suponía, pero aquella pareja de jóvenes estudiantes anclados a sus mochilas, esa anciana encorvada sentada frente a mí, y un par de operarios de una compañía eléctrica enfundados en sus monos de trabajo, habían desaparecido para dejar paso a otra gente, pero no cualquier gente.

Junto a mi, sin pestañear y con las manos sujetándose la tripa, había una mujer embarazada, que permanecía como mirando al infinito. En los asientos de enfrente, dos mujeres más, de aspecto asiático y también en avanzado estado de gestación, charlaban sin parar en un lenguaje desconocido. Al alzar mi mirada, me encontré justo a mi izquierda a otra mujer, esta vez de rasgos caucásicos, con la mano derecha sujetando su cadera, en una clara postura que le ayudaba a sobrellevar su estado de buena esperanza.

Sin pensarlo apenas, por aquello de que uno es un caballero, me levanté de mi asiento para cedérselo a aquella mujer que claramente lo necesitaba más que yo...

-Por favor, siéntese ahí -le dije 
-Muchas gracias, amigo -me contestó 
-Faltaría más...

Tras ayudarle a acomodarse, me volví hacia el otro lado a la vez que me agarraba a la barra superior para no caerme con el traqueteo del vagón, para percatarme, con cierto estupor, de que aquel espacio estaba repleto de mujeres, y todas en cinta. Las había de todos los tipos. Tres mujeres de color departían al fondo con sus tripas en pompa, al tiempo que una adolescente de no más de quince años hacia equilibrios entre su cartera escolar y su prominente tripa.

Sentada al fondo del todo, una anciana que lucia pelo blanco y un buen número de arrugas se mostraba encogida sobre sí misma como sujetando una tripa más propia de un embarazo que de un atracón. Frente a ella, dos mujeres orondas y bastante maduras sobrellevaban su preñez desparramada por toda la cintura, al tiempo que una joven bastante guapa y estilizada que parecía de un país del este, a juzgar por su acento, mantenía prácticamente impoluta su figura mientras sujetaba su tripa en forma de pico. Y aún había muchas más...

Ante semejante situación no pude por menos que frotarme los ojos para comprobar que no era una alucinación, pero no, seguro que no lo era... o si...

Justo cuando estaba saliendo de mi asombro, los altavoces anunciaron: 

-Próxima estación, Manuel Becerra, conexión con línea seis.

Y fue al llegar a esa parada cuando la cosa se enrareció... todas, absolutamente todas las mujeres  que me habían acompañado en aquel último trayecto, se agolparon con tranquilidad junto a las puertas del vagón para bajarse en aquella parada, como si fuera la estación término de un hospital de maternidad.

Mi sorpresa fue en aumento cuando tras bajar todas aquellas mujeres, inmediatamente comenzaron a tomar el vagón un buen número de hombres y mujeres de mediana edad, con un rasgo en común: todos vestían algún tipo de hábito que parecía religioso. Había dos hombres mayores con una de esas sotanas negras que llevaban antaño los sacerdotes, junto a otros más jóvenes con una indumentaria más actual aunque clásica y con el típico alzacuellos sobre una camisa negra. Junto a ellos, un grupo de monjitas muy delgadas, con rasgos asiáticos y hábito blanco. Detrás, un grupo bastante numerosos de monjes con la cabeza rapada y ropajes como colgados, que parecían hindúes, rezando sin parar el hare krisna. 

Pero lo más curioso era que al final del vagón, un señor entrado en edad que vestía de forma parecida a un cardenal católico, charlaba animadamente con otro que ostentaba una gran barba blanca y vestía un hábito negro que le cubría la cabeza por entero, a la manera de un líder ortodoxo.

No había recuperado aún mi ser, cuando un grupo de niños vestidos como monaguillos, con aquellos ropajes largos y pesados que recordaba perfectamente de mi infancia en la parroquia del pueblo, me preguntaron...

-Hola señor, ¿usted dónde va...?

La verdad es que no supe que decirles, pues en aquel momento lo había olvidado todo en torno a mi día a día. No recordaba ni dónde iba, ni de de dónde venía, y ni siquiera quién era... aunque eso no me importaba demasiado en aquel momento.

-Pues, no lo sé -le contesté a aquel simpático chaval-, la verdad es que no tengo ni idea...
-Vaya, qué raro -me contestó- 

Fue entonces cuando reaccioné y le pregunte a mi joven interlocutor...

-Y vosotros, ¿dónde vais...? y ¿de dónde venís...?
-Vamos a Misa -me contestó- mientras compartía una sonrisa de incredulidad y complicidad con sus compañeros.

El caso es que no me sacó de dudas, y cuando me disponía a seguir interrogando a aquel muchacho, el altavoz anunció de nuevo...

-Próxima estación, Ópera, conexión con línea cinco.

Los monaguillos se despidieron de mi amablemente, y junto con los sacerdotes y todo el resto de religiosos y religiosas que llenaban el lugar, se dirigieron a las puertas para bajar en masa de aquel vagón que a mí empezaba a parecerme un lugar muy extraño.

Opté por sentarme y esperar a ver que nueva sorpresa me deparaba esta estación, justo al tiempo que comencé a ver entrar a un numeroso grupo de personas, de todas las edades, y todas ellas con una estrambótica estética hippy.

La imagen era curiosa, pues uno recuerda a aquella gente en ambientes naturalistas, viviendo en comunas en el campo, y aquel angosto vagón de metro no parecía el entorno más adecuado para ellos. Eso sí, flores había por doquier. Flores en sus camisolas, en sus pantalones, y en los pañuelos que llevaban atados a sus cuellos o sus cabezas. Los ropajes que vestían eran todos muy anchos, desde las camisolas a las perneras de los pantalones, y las telas, muy ligeras.

Como solía pasar con esta gente, iban a su rollo; hablando entre ellos, pero poco; sin percatarse demasiado de lo que sucedía a su alrededor, hasta el punto de que no parecían extrañados para nada del lugar en el que viajaban, a saber dónde... 

Uno de ellos sacó de un bolso de tela que colgaba de su cuello un gran cigarro con forma de trompeta, y se apresuró a encenderlo, ante lo que no me quedó otra que llamarle la atención...

-Oiga, que aquí no se puede fumar
-Quien dice eso -me contestó airado
-Pues las normas, no se puede fumar en lugares cerrados, y este vagón es muy, pero que muy cerrado.
-Que tontería, a quien se le ocurre que uno no pueda hacer lo que le dé la gana cuando le viene en gana.
-Pues si, los tiempos han cambiado, y ahora hay que cumplir determinadas reglas. Y no fumar en lugares que puedan perjudicar a otros y dañar la convivencia es una de ellas.

Aquel tipo soltó entonces una risotada, y dirigiéndose a un grupo de colegas comentó...

-Mira el menda este, que dice que no podemos ponernos... más le valdría a él ponerse un poco...

Todos le rieron el comentario mientras yo pensaba en qué hacer ante semejante situación. No tenía mucho sentido invocar a nadie de seguridad, pues el vagón estaba en marcha. Tampoco parecía lo mejor ponerme violento o pesado en mi reclamación, ya que probablemente solo provocaría su hilaridad. Así que opte por callar y dejar estar. Al fin y al cabo, la siguiente parada estaba a punto de llegar.

-Próxima estación, Cuatro Caminos, conexiones con líneas uno y seis...

Y como ya había pasado anteriormente, todos aquellos hippys se agolparon frente a las puertas, para bajar civilizadamente, como si hubieran llegado a su comuna.

Mi expectación entonces se convirtió en extrema. Mis sentidos se pusieron alerta. Mi curiosidad desbordada... ¿Que colectivo me arrollaría entonces?¿qué tipo de personas se convertirían en mis nuevos compañeros de viaje?¿quién era yo?¿a dónde iba?

Y allí estaba, esperando acontecimientos, cuando subieron al vagón un señor mayor, vestido elegantemente y con aire despistado, y un hombre de mediana edad ataviado con un mono de trabajo, que parecía ser alguien de mantenimiento. Ambos charlaban amigablemente y no parecieron darse cuenta de mi presencia.

Me acerqué a ellos y pregunté…

-Podrían decirme dónde estoy, me temo que me he despistado y ando un poco perdido.

Mientras el anciano me miraba con cara de condescendencia, el operario me interrogó…

-¿Se puede saber qué hace usted aquí a estas horas…? El Metro ya está cerrado… tiene que irse…

-No quiero irme -le espeté-. ¿Puedo quedarme?
-Usted verá, es la una y media de la madrugada y hasta las seis no abrimos. Si quiere puede quedarse, pero yo no le he visto.

-Gracias -le contesté.

Aquellos hombres se marcharon mientras comentaban perplejos mi sorprendente petición y dejando que las puertas del vagón se cerraran frente a mi, dejándome dentro. 

Y allí me quedé, solo, sentado en un incómodo asiento, intentando interpretar todo lo que me había sucedido en aquel extraño viaje, y sobre todo, tratando de recordar quién era y qué hacía allí. Pero fue inútil.

Pasadas algunas horas, el tren arrancó de nuevo y comenzó a rodar. Al llegar a la primera estación, antes de que nadie pudiera subir a aquel vagón, me lancé fuera como alma que persigue el diablo y tras correr por el andén y los pasillos que se cruzaban endiabladamente, subí a la calle en busca del sol, que se convirtió en símbolo de una especie de liberación.

Ahora que si se quién soy, sigo sin saber cómo o cuándo entré allí, ni si aquel viaje me llevaba a alguna parte. Tampoco tengo claro si todo lo que acabo de relatar es cierto, si es locura o es simple ensoñación. 

No logro recordar nada con sentido. 

Solo sé que en una buena temporada no volveré a subir al Metro...


Chantaje


A Diana, la recepcionista, no le gustaba nada aquel cliente que llegaba acompañado cada miércoles, y a pesar de regalarle su habitual mohín de niña buena, desconfío del todo cuando en esta ocasión llegó solo y reservó varios días.
Ya de noche, numerosas llamadas a recepción de aquel hombre, sin mucho sentido, terminaron por mosquear a la joven, que decidió actuar.
Tras una de aquellas llamadas, le sugirió vagamente que estaría a las doce de la madrugada en el cuarto de la ropa sucia. Y allí acudió, pero acompañada de un viejo amigo que la pretendía hace tiempo y con quien se entregó a la pasión minutos antes de esa hora.
Aquel hombre acudió sigiloso a la supuesta cita, pero cuando abrió la puerta y vio a Diana acompañada, optó por sacar su móvil y grabar lo que allí estaba sucediendo.
Enfadado con el engaño, y frustrada por el momento su libidinosa intención, ahora solo le quedaba darle forma al chantaje.

Misterio


Los jóvenes kazajos estaban tratando de digerir todas las novedades que aquel congreso internacional sobre asuntos aeroespaciales les había proporcionado. Su ponencia había sido un éxito, pero nada comparable con la posibilidad de deambular por una ciudad moderna y occidental en la que se respiraba libertad y opulencia.

Llegaron agotados a la habitación de su hotel dispuestos a asimilar todo lo vivido en una jornada maratoniana que apenas les había dado tregua, y tras pasar uno por uno por las decenas de canales de televisión en aquel gigantesco monitor plano, descubrieron que tenían un minibar a su disposición repleto de refrescos, agua, cervezas, chocolatinas y frutos secos.
Así que tomaron algunos de aquellos manjares mientras se deleitaban en uno de los canales porno que asomaba con una impresionante calidad por el televisor… ¿y el resto?… nadie echaría en falta el resto, así que tras una mirada cómplice decidieron que ocuparían parte de sus maletas con aquellas viandas poco habituales en su país.
Quizás por remordimiento, algunos minutos después los jóvenes decidieron abrir de nuevo la puerta del minibar con el objetivo de observar su vaciez.
Para su sorpresa estaba totalmente llena de nuevo. Sin entender nada, decidieron hacer acopio otra vez de todas aquellas bebidas y chucherías y esperar otro rato a ver que pasaba… y volvió a suceder… una y otra vez.
Por la mañana, se acercaron a recepción para realizar su chek-out con las maletas sobrecargadas, a punto de reventar.
Diana, la recepcionista, les preguntó amablemente…
—¿Han tomado algo del minibar?
Los jóvenes se ruborizaron y comenzaron a sudar… uno de ellos dio un paso hacia atrás y tropezó con su maleta, que al caer, se rompió inundando la recepción de refrescos, agua, cervezas, chocolatinas y frutos secos.
Los jóvenes kazajos comenzaron a explicar lo inexplicable chapurreando un inglés indescriptible, mientras Diana, muy a su pesar, optó por avisar al director del hotel… pero cuando este llegó, solo encontró la maleta abierta y la ropa de aquel chico diseminada por el suelo, y nada más.
Mientras el director reprochaba a Diana su llamada, los ojos extremadamente abiertos -mitad sorpresa, mitad alivio- de aquellos chicos, se cruzaron con los de la recepcionista, que optó por encoger sus hombros y bajar su mirada, a la vez que se prometía a si misma que en algún momento debía resolver el misterio.

La buhardilla


La nueva limpiadora era bastante cotilla... todo lo husmeaba, todo lo oía, todo lo revolvía... y había encontrado en Diana, la recepcionista, a una estupenda aliada para compartir sus chismes.

—Todos hablan de la habitación abuhardillada, pero nadie dice nada concreto.
—¿Y que dicen...? Pregunto Diana intensificando su mirada sobre aquella joven correveidile.
—Pues de todo, que si hay un fantasma del primer dueño del hotel, que si sigue apareciendo por las noches... vamos un misterio...
—Pues no había oído nada... —contestó Diana—. Pero estaré pendiente, y si oigo algo te cuento... —le prometió con un ligero guiño de ojo.
Aquella noche, la recepcionista decidió explorar en aquella habitación de la que sorprendentemente no había oído hablar jamás, y abandonando el mostrador durante algunos minutos, subió sigilosamente las escaleras que seguían desde la última planta a la que llegaba el ascensor.
Se acercó muy despacio a la puerta de la habitación y, tras poner la oreja sobre la madera para no escuchar nada, se agachó para mirar por el hueco de la cerradura, para tampoco ver nada...
—Todo tranquilo —pensó.
...Y sacó de su bolsillo una llave maestra que le permitió acceder a aquel recóndito lugar, con la clara intención de convertirlo en uno de sus escondites secretos para practicar fugazmente lo que más le gustaba... lo que no imaginaba, es que allí iba a encontrar al fantasma del fundador del hotel, con quien, sin saber muy bien cómo, protagonizó una arrebato sexual como nunca había pensado.

Juegos


—Hola señorita, necesitamos una habitación...
Diana, la recepcionista, levantó la mirada para cruzarla con la de una impresionante mujer madura, vestida con una elegancia de llamar la atención, con el rostro bronceado y una altivez en el gesto que le hizo dar una pequeño paso hacia atrás.
Mientras se recuperaba de la impresión, contestando con toda la tranquilidad que pudo...
—Claro... ¿alguna preferencia?...
...Diana descubrió, a la vez que atisbaba por encima del hombro de aquella mujer, a tres o cuatro pasos por detrás, a un joven realmente guapo... ojos azules, rostro anguloso, torso fornido, mirada chispeante...
Y al tiempo que obligaba a su nueva clienta a mirar hacia abajo con la excusa necesaria de...
—Podría firmar aquí, por favor...
...Diana clavó su mirada en la de aquel joven, que respondió inmediatamente alzando los hombros y la mirada de manera casi imperceptible, tras lo que coincidieron en esbozar una breve y cómplice sonrisa.
La mujer recogió su llave y se dirigió hacia el ascensor seguida de aquel tipo que se acababa de instalar en los sueños de Diana.
Casi media hora más tarde, cuando la recepcionista aún fantaseaba con aquel chico, sonó una llamada de la habitación que este compartía con la mujer madura...
—Vaya por Dios —pensó—, ahora me pedirá ostras y champán, o algo así, la muy bruja...
Tras el auricular, la voz dominante de la mujer le pidió...
—¿Podrían subirnos un parchís a la habitación, por favor...?

Sex-Express Interruptus


El cuartucho estaba abarrotado de sábanas, toallas y manteles amontonados en grandes cestas y en el suelo, y preparados para lavar. Se trataba de un lugar pequeño, accesible aunque escondido, cómodo y cálido por el ambiente textil, que podía cerrarse por dentro, y que a determinadas horas estaba totalmente expedito, lo cual le convertía en un perfecto reservado sex-express al que Diana acudía con cierta asiduidad.

En esta ocasión, la recepcionista retozaba con ansiedad con Alex, un nuevo camarero que había opositado para policía nacional sin éxito, y que había acabado de barman en el bar del hotel, manteniendo un cuerpo fornido que apasionaba a la joven.

Y estaban en ello cuando Diana se fijó en una ristra de gotas que parecían de sangre, ni muy fresca ni totalmente seca, que se alargaba hacia el interior de un rebujo de sábanas hasta perderse allí dentro.

La muchacha no pudo por menos que dar un pequeño respingo tras lo que exclamó...

-¿Y eso qué es...?

Como estaban en mitad de la faena, Diana intentó quitarle importancia al descubrimiento animando a su pareja ocasional a continuar...

-Da igual, no vayas a parar ahora...

Sin embargo, enseguida dio la cosa por perdida, cuando el joven policía frustrado abandonó su pasión carnal por momentos para entregarse a su pasión investigadora, subirse los pantalones como pudo y acercarse al rastro sanguíneo para averiguar su origen... o su final...

Mientras Diana refunfuñaba, el camarero comenzó a bracear entre el lío de telas hasta encontrar lo que buscaba... Se trataba de un apéndice auditivo humano, lo que viene a ser una oreja, arrancada como de cuajo no hacía muchas horas y escondida sin demasiado cuidado en aquel recóndito lugar...

Mientras la recepcionista se vestía apresuradamente y alisaba su uniforme con una mezcla de decepción y sorpresa en su rostro, Alex observaba atónito la oreja cogida con dos dedos de la mano izquierda, a la vez que aprovechaba para demostrar sus conocimientos de supuestamente experto detective...

-Es una oreja de hombre, bastante grande y entrado en edad... ha sido completamente desgarrada de la cabeza de su dueño hace algunas horas... pero lo peor de todo es que no sé qué debemos hacer...

-Pues llamar inmediatamente a la policía -dijo Diana sin titubear-

-Yo creo que no -titubeó Alex-... Van a empezar a hacer preguntas que quizás no sepamos responder... creo que es mejor callarnos la boca e investigar por nuestra cuenta...

Diana llevaba ya demasiado tiempo alejada de la recepción y no podía entretenerse mucho más, así que le dijo al joven...

-Vale, vale... como quieras... pero yo me voy, y negaré por encima de mis muertos haber visto nada.

-Eso es... -concluyó Alex- Yo me encargo.

Así fue como la atribulada recepcionista regresó a su puesto de trabajo sin decir nada sobre lo sucedido, mientras el camarero envolvía aquel pedazo humano en una vieja toalla y comenzaba una aventura sin precedentes a través de la cual se había propuesto encontrar a la persona mutilada, averiguar quien había sido el causante del desgarro y esclarecer así un asunto que le tendría obsesionado durante semanas.

Y mientras tanto, Diana guardando silencio... eso si, jamás volvieron a practicar sex-express en el cuarto de la lavandería.

Amor frost


El tremendo frío no era obstáculo, como tampoco lo era el hecho de tener que abordar aquel "aquí te pillo aquí te mato" rodeados de viandas de todo tipo, aunque básicamente se trataba de carne  y pescado.

Diana se había dejado llevar por la juventud, la pretendida inocencia y el atractivo exótico de aquel pinche de cocina somalí al que todos llamaban Amín, y había decidido entregarse a él como fuera y donde fuera, pero de forma inmediata.

Así que tras los correspondientes flirteos previos y la decisión de interactuar íntimamente consensuada, la joven abandonó el mostrador de recepción por unos minutos para acercarse a la zona de cocinas y buscar con la mirada posibles huecos para consumar el revolcón.

Estaba Diana en esa faena, cuando Amín se percató de la jugada y decidió actuar sin pensar demasiado cogiéndola por el antebrazo para hacerla entrar en la cámara de congelación, y una vez dentro, echar el cerrojo a aquella pesada puerta.

En apenas unos minutos de pasión desenfrenada desarrollada sin soltar ropa, y de cambiar de posición apresuradamente como si ese movimiento ayudara a prevenir la congelación, acabaron la faena apoyados en el cuerpo colgado de una ternera dispuesta para el destazado.

Ni el incómodo frío, ni lo macabro del lugar, ni la cercanía de una cocina que pronto comenzaría a bullir de actividad, restaron pasión a un encuentro que dejaría a Diana tan satisfecha que, aunque no solía, en esta ocasión estaba pensado en repetir...

Diana, la recepcionista


El pequeño cuarto situado en el sotano uno, junto al acceso principal al parking del hotel, donde las limpiadoras se cambian de ropa y se ponen sus batas de trabajo y donde aparcan los carritos en los que transportan sus enseres, es uno de esos lugares a los que nadie acude pasadas las tres de la tarde, y Diana lo sabe.

Se trata de uno de sus espacios favoritos en aquel edificio para dar rienda suelta a determinados placeres carnales de forma discreta y fugaz, que es justo lo que la joven recepcionista con aire despistado, voz sensual y formas curvilineas, suele hacer en cuanto encuentra un varón dispuesto en un momento idóneo.

Diana es dulce, muy dulce, de cara redonda, más bien bajita, pero muy bien proporcionada. En el hotel todo el mundo la adora porque a nadie le niega una sonrisa, porque sabe hacer el ambiente agradable, porque encandila con gracia a los clientes, porque siempre está dispuesta a ayudar, y porque es... extremadamente cariñosa.

Y además, trata a todo el mundo por igual, que lo mismo le da el director del hotel, que el jefe de camareros, que el técnico de mantenimiento. Ella hace a todos, y aunque algunos solo la utilizan, otros sienten veneración por ella.

Como el repartidor de Coca Cola, que cada vez que acude a entregar su pedido no puede dejar pasar la ocasión de acudir a recepción para dejarse ver e intentar escamotear unos minutos de Diana, con gran enfado de algunos de sus compañeros que, a fuerza de la costumbre, ya consideran que ésta es de su propiedad.

Entenderlas



Juan caminaba por la playa un poco apesadumbrado, parecía claro que algo le atormentaba y mantenía sus pensamientos secuestrados. Se sentaba sobre la arena y se volvía a levantar para caminar en círculos y volverse a sentar. Por momentos, estando sentado se sujetaba la cabeza con sus puños para luego mirar al cielo como esperando algo. Más adelante caminó y caminó al tiempo que, de vez en cuando, propinaba una patada en la arena que dejaba patente una especie de impotencia que no lograba controlar... y así durante un largo y tortuoso espacio de tiempo...

Hasta que, por fin, decidió entrecruzar los dedos de sus manos con las palmas hacia abajo, y colocando sus brazos por encima de su cabeza y luego echándolos un poco hacia atrás, apoyó su nuca sobre sus manos para mirar hacia un infinito azul y dirigirse nada menos que a Dios.

-Señor, si pudieras ayudarme... si pudieras concederme un único deseo que acabara con esta desesperación que me martiriza...

Aquello pareció funcionar e, inesperadamente, una atronadora voz que solo él parecía poder escuchar en aquella solitaria playa, le dijo lacónicamente...

-Pide y se te concederá...

Tras unos segundos absolutamente paralizado por aquella inesperada situación, Juan optó por explicar con algunos detalles su situación a aquel ser claramente superior que quizás podría solucionar su problema.

-Oh...! Gracias Señor... No sé si lo sabes, porque se supone que lo sabes todo, pero estoy profundamente enamorado de Julia. La amo con todo mi corazón y realmente creo que soy correspondido. Pero hace algunas semanas, ella tuvo que marcharse a trabajar a Mallorca porque por aquí, por Castellón, no hay mucho trabajo, y llevo todo este tiempo sin verla...

-Y bien...? -replicó el ser superior-

-Si, si, le explico... Yo iría a verla ya mismo, pero le tengo un pánico atroz al agua y jamás he subido a un barco y mucho menos para introducirme en alta mar..., y no se lo va a creer, pero lo de volar es algo superior a mis fuerzas, solo pensarlo me produce mareos y un vértigo que me hace enfermar... vamos, que la única manera de ir a ver a Julia es por tierra, y estando en Mallorca se me hace un poco difícil... ¿Seria posible construir un gran puente que uniera la península con la isla de Mallorca y así poder acudir a ver a mi novia en mcoche? Mire, conducir no me importa, y eso permitiría que Julia y yo estuviéramos juntos en alguna ocasión...

Tras un demasiado largo e incómodo silencio, durante el que Juan no dejaba de acariciar el cielo con su mirada a la espera de una respuesta a su solicitud, el ser superior terminó por contestar negativamente, eso si, argumentándolo...

-Mira hijo, eso que me pides es un trabajo muy materialista. Piensa que para llevar a cabo tu deseo, tendría que erguir grandes pilares de hormigón que profanarían los océanos. Para ello, debería emplear miles y miles de toneladas de hierro y asfalto, acabaría con millares de especies marinas, cambiaría la faz de la tierra convirtiendo una obra de Dios en algo que impactará sobre la vida, sobre el medio ambiente, sobre la propia humanidad... y eso por no hablar de los agravios comparativos de otras personas que podrían estar en situaciones parecidas a la tuya en otros recónditos lugares del mundo... reflexiona hijo mío, te ruego que me pidas algo que no impacte en la humanidad y que me honre y glorifique.

Tras algunos segundos que a él se le hicieron eternos, en los que pasó de una indisimulada rabia a una forzada comprensión, pasando por una rápida pero profunda reflexión, Juan decidió sobre la marcha cambiar su estrategia y aprovechar que la oferta de cumplir un deseo por parte del ser superior parecía seguir en el aire...

-Entiendo Señor... entiendo que eso que le pedía es prácticamente imposible, y por eso me atrevo a pedirle a cambio algo más terrenal, algo que no es nada materialista, sino más bien todo lo contrario...

-Te escucho hijo...

-Mire, antes de enamorarme profundamente de Julia con quien ahora tengo algunas discusiones por esa situación logística que le comentaba anteriormente, me había divorciado tres veces, y en todas esas relaciones sufrí mucho por culpa de la incomprensión hacia el otro género... por eso, me gustaría tener el don de saber escuchar a las mujeres, comprenderlas, saber por qué dicen no cuando quieren decir sí y viceversa, averiguar qué quieren decir cuando callan, entender por qué lloran sin motivo aparente... en fin, llegar a saber cuál es el secreto para hacer feliz a una mujer y de esa manera conseguirlo...

Fue entonces cuando el cielo se oscureció de repente y se sucedieron algunas pequeñas inclemencias meteorológicas... se escuchó algún relámpago seguido de su correspondiente trueno, y solo cuando hubo pasado un tiempo y todo parecía volver a su sitio, fue cuando el ser superior carraspeó desde lo alto y decidió responder a aquel ultraterrenal deseo con una pregunta bastante directa:

-¿Y de cuántos carriles dices que quieres el puentecito?

Aiko y Briggita



Aquel japonés llamado Aoki (en japonés, árbol verde) llegó a Oslo, en Noruega, en un viaje de trabajo programado, y al llegar allí no pudo por menos que exclamar: ¡que magnífico komorebi! (en japonés, la luz que se mezcla a través de las hojas de los árboles), justo cuando decidió dar un paseo por aquel parque antes de su difícil reunión.

Poco después, y puesto que no había desayunado, decidió entrar en el pequeño establecimiento de la esquina y pedir un café con palegg (en noruego, cualquier cosa que le pongas al pan) con el objetivo de tomar energías para abordar la reunión con el suficiente ánimo.

Allí conoció, un poco a lo tonto, a Briggita, que aunque podía parecer noruega era sueca, y decidió sincerarse con ella contándole los miedos que le atormentaban de cara a su reunión. Aquella joven, que trabajaba como responsable de departamento en el Ikea de Oslo, terminó por convencerle de que debía seguir su propio mangata (en sueco, el reflejo de la luna, como un camino, en el agua), algo que casi sin pensarlo, decidió imponer en su determinación.

A pesar de todo, y mientras le pagaba el café al camarero filipino, Aoki seguía teniendo una buena dosis de kilig (en tágalo, la sensación de tener mariposas revoloteando en el estomago), lo cual no era ni bueno ni malo, sino que le hacía sentir cierta inseguridad.

Con demasiada frecuencia, aquel japonés hacia tsondoku (en japonés, comprar un libro, no leerlo, y dejarlo apilado sobre otros libros no leídos), dejando buena muestra de su inconstancia, pero en esta ocasión no podía permitirse ese lujo. En esta ocasión tenía que darlo todo, aunque no estaba muy seguro de cómo hacerlo... 

Sin embargo, un apasionado forelsket (en noruego, la euforia indescriptible que experimentas cuando te enamoras) se había instalado en su corazón tras aquella breve pero intensa charla con Briggita, lo cual no le permitía centrarse en preparar la reunión como era necesario y hacia que su kilig se disparara hasta la saciedad.

Así las cosas, decidió abstraerse de todo y no se le ocurrió mejor manera de hacerlo que invitando a pasear a la joven sueca por el hermoso parque que había descubierto hacía poco. Mientras le mostraba aquel apasionante komorebi, Aoki le explicó a la joven que el kilig se había apoderado de su ser, y que aquel forelsket le daba una fuerza increíble que en realidad necesitaba para abordar aquella maldita reunión con éxito.

Briggita no pudo por menos que sonreír para, tiernamente, explicarle a Aoki que el mangata ayudaba a encontrar el camino, pero que no servía para sustituir la preparación y la experiencia, y que debía compensar su tendencia al tsondoku con altas dosis de forelsket por el trabajo, a la vez que el kilig debía pasar de forma fluida de su estómago a su cabeza.

Aquel japonés llegó a su reunión fortalecido y, tras una fantástica actuación, consiguió dar los pasos previos necesarios para que su compañía llegara a un importante acuerdo de colaboración con el principal fabricante europeo de teléfonos móviles. 

Y todo fue gracias a Briggita, con quien tras compartir aquel café con palegg de no sé qué, y sentir gracias a ella aquel profundo kilig, pudo convertir aquella especie de tsondoku en un forelsket por la vida que le llegó como un mágico komorebi.

Aiko y Briggita no volvieron a verse nunca, pero ella permaneció siempre en su mente y en su corazón, y no porque aquella reunión le alzara a un puesto directivo en su empresa que le permitió ser el ejecutivo del año en Japón, sino por aquel profundo forelsket que removió sus entrañas con un diabólico kilig, que hizo que encontrará el mangata entre el komorebi, en los negocios y en el amor.


* Aoki: en japonés, árbol verde

* Komorebi: en japonés, la luz que se mezcla a través de las hojas de los árboles

* Palegg: en noruego, cualquier cosa que le pongas al pan

* Mangata: en sueco, el reflejo de la luna, como un camino, en el agua

* Kilig: en tágalo, la sensación de tener mariposas revoloteando en el estomago

* Tsondoku: en japonés, comprar un libro, no leerlo, y dejarlo apilado sobre otros libros no leídos

* Forelsket: en noruego, la euforia indescriptible que experimentas cuando te enamoras

Maldito escalón



Tras abrirme la puerta me dijo ¿vienes a por un monopatín?. Ella los vendía en el portal de aquel viejo edificio, donde decidí que tenía que ser mía. Después de que un joven patinador me enseñara a manejar el trasto, regresé dispuesto a asombrarla con mis habilidades sobre ruedas. Cuando estaba en lo mejor de la demostración, aquel maldito escalón me proporcionó un batacazo estrepitoso, doloroso y humillante. Mi gozo hubiera caído en un pozo, si no fuera porque en su casa curo mis heridas...

Nueva Política


Era uno de esos días en los que todo parecía volverse del revés, una tarde anodina con el cielo oscuro y la calle llena de gente que pulula sin cesar, que se cruza frenéticamente sin saber muy bien dónde va, pero haciéndolo deprisa, por si acaso.

En el interior de unos grandes almacenes, los más grandes del centro de la ciudad, el ambiente no era más relajado, sino más bien al contrario. La clientela entraba y salía del edificio sin descanso como si no hubiera otro día para comprar cualquier cosa, y el ambiente consumista embriagaba a nada que fueras un poco sensible.

Las escaleras automáticas estaban colapsadas por todo tipo de clientes y curiosos que subían y bajaban sin descanso, organizándose incluso pequeños barullos arriba y abajo, para desesperación de los que estaban en la cola y satisfacción de los responsables del centro.

Solo unos pocos saben cómo evitar esa situación utilizando los ascensores del fondo, ubicados en el último rincón de cada planta, junto a los baños, escondidos para la mayoría, y recurso típico de listillos y discapacitados.

Y allí estaban esperando el ascensor en la primera planta de aquel centro comercial abarrotado un viejo orondo y un joven piltrafa. Ambos se miraron de reojo, quizás curiosos por la diferencia radical de aspecto físico, quizás desconfiados por estar solos en un lugar con tanta gente, o quizás prudentes ante la sensación común de que no tenían nada que compartir.

Y pasó lo que tenía que pasar. El ascensor llegó y ambos subieron en él, solos. El viejo orondo le dio al botón de la cuarta planta, mientras el joven piltrafa pulso el de la sexta. Ya al empezar a subir, el elevador hizo un quiebro raro acompañado de un sonido sospechoso; pero cuando estaba entre la segunda y la tercera planta, se paró en seco dando un pequeño bote que asustó a ambos pasajeros. Y allí se quedó.

El joven piltrafa dejó de mirar su teléfono móvil por un momento y comenzó a pulsar los botones del ascensor compulsivamente. Mientras tanto, el viejo orondo sacó su teléfono móvil con tranquilidad del bolsillo e intentó hacer una llamada. Pero todo resultó inútil, ni había cobertura para los móviles, ni funcionaba absolutamente ninguno de los botones del elevador, y mucho menos el clásico con una alarma.

-Pues vaya caraja. Dijo el joven piltrafa.

-No sé que quieres decir, pero tenemos un problema. Susurró el viejo orondo.

Fue entonces cuando comenzaron a caer en serio el uno en el otro. Ambos hicieron el típico recorrido visual de su oponente de pies a cabeza, sin ningún disimulo; y ambos mostraron cierta incomodidad con el compañero de viaje que les había tocado en suerte.

El joven piltrafa decidió entonces sobreponerse y responder con cierta altivez ante aquella mirada del viejo orondo que le había parecido que desprendía cierto grado de despreció.

-Pues aquí donde me ve, soy concejal del Ayuntamiento. Ya sé que puedo no parecerlo, pero lo soy, y me voy a encargar de que inspeccionen estas instalaciones por falta de seguridad, y si hay que cerrar el centro comercial, pues se cierra.

-Pues no lo pareces, no. Más bien pareces uno de esos jóvenes antisistema que tanta guerra  están dando últimamente. Pero claro, es la nueva política...

-Pues si -respondió airado el joven piltrafa- pero parece que ha quedado claro que se puede ser antisistema y representar a los ciudadanos en las instituciones...

-Ya veo, ya veo... -contestó el viejo orondo- aunque en otros tiempos eso era de otra manera. Entonces se exigía un poco de respeto y algo de decencia para estar en esas instituciones de las que hablas.

-Y así nos iba. Entonces estábamos dirigidos por la oligarquía, y el pueblo no podía ni respirar. Pero las cosas van a cambiar definitivamente... se van a enterar los responsables de este centro comercial, quizás pida a mi colega de urbanismo el cierre cautelar por irregularidades en la construcción...

-Tranquilo chaval, que solo se ha estropeado el ascensor, y seguro que enseguida vienen a rescatarnos.

-Ya, pero mientras tanto, aquí estamos encerrados y agobiados. Mientras los dueños del centro hacen caja sin parar a costa del puñetero consumismo. Desde luego que esto hay que cambiarlo, y lo cambiaremos. Necesitamos una sociedad más justa y equilibrada, necesitamos progresar y romper con las viejas costumbres, necesitamos evolucionar...

-Claro, yo pensaba lo mismo cuando era joven, y por eso me metí también en política. Llegue a ser diputado en varias legislaturas y desde allí algo cambias, pero poco... después acabé montando mi propia empresa, y aquí estoy contigo en este ascensor averiado.

-Lo que pasa es que con la vieja política apenas se legislaba para el pueblo. Todo se hacía pensando en los oligarcas, y me temo que usted era, o es, uno de ellos. Esto tiene que acabar, y por fin ha llegado la hora del gobierno del pueblo.

-Está bien, no pienso llevarte más la contraria, pero relájate, que parece que te estás alterando.

-Como no me voy a alterar. Estoy aquí encerrado con un viejo orondo que piensa que soy un joven piltrafa, y no sé cuando nos van a rescatar. No sé si llegaré a la Asamblea de nuestro grupo, y para coña, usted intenta darme lecciones. Y todo porque una empresa que se forra a base de los pobres consumidores no mantiene las más mínimas normas de seguridad. Definitivamente voy a hacer que les cierren.

-Vale, vale... tú mismo... Oye ¿y tú?, ¿qué hacías aquí a estas horas?

-Pues nada, venía a comprarle un regalo a mi hermanita, que es su cumpleaños y también tiene derecho.

Secuestrado



Todo se ve mucho mejor desde la confortable habitación de un hotel de cuatro estrellas ubicado en el acomodado barrio de Chapinero, en el mismo centro de Bogotá... Sobre todo cuando apenas han pasado unas horas desde la salida del infierno que ha supuesto mi permanencia, contra mi voluntad y por un periodo de casi tres meses, en algún recóndito lugar de la selva amazónica colombiana, retenido por unos críos que apenas si sabían lo que hacían a las órdenes de unos descerebraos. 

Aquí estoy, roto, con el ánimo por el suelo, atendiendo a la gente que se preocupa por mi, desbordado por el cariño de los míos que han luchado por mi libertad, agradecido a todas las instancias oficiales y no oficiales que se han coordinado para conseguir que mi retención no cayera en el olvido, pero sobre todo, exultante por poder contarlo. 

No es fácil narrar una odisea de este tipo, y ya no por la brutalidad del trato que sufrí, ni por el sinsentido de los motivos que me han llevado a vivir una situación horrible, ni siquiera por la acumulación de despropósitos que se han ido sucediendo en todo este tiempo... Sino sobre todo, por la impotencia que produce no poder hacer nada para evitar dramas personales a la vez terribles e innecesarios que, cuando te tocan, se convierten en fuego. 

Todo empezó hace casi tres meses, cuando estando en Madrid, un colega colombiano con el que mantengo permanente relación, me escribió para contarme que había conseguido contactar con el lugarteniente de un oficial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que opera en una zona fronteriza con Venezuela, y que según me contó, tenía una visión muy particular sobre las negociaciones de esta organización con el Gobierno colombiano. 

Se trataba, sin duda, de una estupenda oportunidad para un reportero con "hambre" de aventura, que había escrito mucho sobre el particular desde el terreno y lejos de él, y que no estaba dispuesto a dejarla pasar. 

Así que, tras comunicarle mi determinación de acudir a una cita con el oficial mencionado a mi redactor jefe, que me apoyó con muchas reservas, y no contar mi intención a casi nadie de mi familia y entorno, para evitar preocupaciones innecesarias, reservé un billete a Bogotá, ciudad en la que me manejo con cierta soltura, tras más de media docena de viajes, casi todos por motivos profesionales.

Una vez aquí, y tras analizar la situación con mi colega local, Guido, que colabora como una especie de intermediario freelance con varios medios colombianos, tomé otro avión, más bien una desvencijada avioneta bimotor, que me acercó hasta la recóndita localidad de Puerto Carreño, capital del departamento de Vichada, ubicada justo en la frontera con Venezuela, a orillas del grandioso río Orinoco, y a las mismísimas puertas de la selva amazónica. 

Se trata de una zona que vive de la agricultura y la ganadería, pero sobre todo de la minería, donde se explotan minas de oro y plata de forma bastante rudimentaria. Comercian con lugares cercanos, y existe una especial conexión con Puerto Páez, una cercana ciudad del estado venezolano de Apure, que ofrece a los guerrilleros la posibilidad de pasar desapercibidos, entre una serie de resguardos indígenas gobernados a través de pautas y tradiciones culturales propias, y muy poco frecuentados por las autoridades locales. 

Nada más aterrizar en aquel viejo aeropuerto local, una extraña sensación de inquietud se apoderó de mí. El ambiente parecía cargado, y un olor mezcla de frescura vegetal y maleza quemada me hizo recordar momentos de mi infancia en la montaña cántabra, mientras observaba la precariedad de todo lo que nos rodeaba. 

Traté de recordar algunas imágenes de aquellas instalaciones publicadas algunos años atrás, cuando este aeropuerto fue punto de intercambio de rehenes entre la guerrilla y el Gobierno colombiano, pero no se parecían en nada con la realidad, más allá de ser una pista de asfalto construida casi en el medio de la selva. 

Allí me esperaba un grupo de hombres jóvenes, muy jóvenes, que apenas sin mediar palabra me trasladaron en un viejo Land Rover hasta el centro de la ciudad, teñida de miseria y paz al mismo tiempo. Una vez allí, me llevaron a un vetusto caserón, y sin poder hacer nada para remediarlo, me encerraron en una sencilla habitación, que tenía un pequeño ventanuco y esacasos muebles entre los que estaba incluido un camastro en el que pude descansar. 

Tras algunas horas confinado en aquel lugar, solo e incomunicado porque me habían arrebatado todas mis herramientas de trabajo, y sin que nadie acudiera a explicarme nada, empecé a preocuparme. Primero, porque cuando a alguien que suele estar hiperconectado, le privan de su teléfono móvil y su tableta, y permanece aislado sin remedio, le suele entrar ansiedad. Y segundo, porque aquello no se adaptaba en nada al plan previsto, y aún comprendiendo que esta forma de actuar es propia de gente fuera de la ley y necesitada de medidas de seguridad extremas para su supervivencia, aquello me empezaba a dar mala espina. 

No sé muy bien cuánto tiempo después, porque también me habían confiscado el reloj, uno de aquellos chavales que formó el comité de bienvenida en el aeropuerto, regresó junto a dos niños, y digo niños porque a buen seguro no superaban los quince o dieciséis años, y tras vendarme los ojos, me subieron a un vehículo que parecía un pick-up, para llevarme a un lugar lejano, recóndito y poco civilizado, a juzgar por los baches de aquel camino y el tiempo que duró el incómodo traslado. 

Privado de la visión durante todo el trayecto, me esforcé en agudizar el resto de mis sentidos, pero apenas pude apreciar sonidos más allá del motor del vehículo, que resultaba algo bronco y no parecía muy cuidado. Los olores eran sin embargo más intensos, aunque apenas si me ofrecían pistas para tratar de ubicarme. Más allá del hedor a diesel, pude sentir por momentos que estaba rodeado de frondosa vegetación, y en algún instante pude notar ese hedor que ofrece el agua encharcada, en la que algo está acercándose a la putrefacción. 

El caso es que finalmente llegamos a uno de esos campamentos que los guerrilleros suelen construir en lo más profundo de la selva amazónica, y que a pesar de mi dedicación a la materia en los últimos tiempos, jamás había llegado a ver con mis propios ojos. Y lo hice cuando me quitaron la venda para observar que aquello era mucho más triste y brutal de lo que me había imaginado. 

Inmediatamente, una cabaña de madera de clara factura manual se convirtió en mi nuevo lugar de encierro, y en ella permanecí hasta tres días antes de que alguien se dignara a hablar conmigo, más allá de contestar con poco más que monosílabos a las preguntas que les hacía de forma casi compulsiva cuando me traían algo de comer. 

Un buen día se sentó a interrogarme quien luego supe que era el contacto directo de Guido, el lugarteniente de un oficial que más adelante descubrí que todos llamaban Comandante Sergio, al que aquellos chicos que me custodiaban respetaban sobre manera, que sin duda era el máximo responsable de las FARC en aquella zona y que parecía tener una visión particular de la lucha armada. 

Aquel hombre, de mediana edad, parecía un tipo culto y al tanto de las cosas. Sabía mucho sobre mí, básicamente todo lo que aparece en Internet, pero sin duda se había molestado en investigar mi trayectoria profesional, e incluso sobre mi vida privada. Al principio estaba irritado, y no parecía tener ninguna intención de empatizar conmigo, pero poco a poco se fue relajando, a medida que yo respondía a su hostilidad con cierta tranquilidad e incluso una chispa de ironía. 

Mi interlocutor, del que nunca supe su nombre, trataba de conseguir cualquier cosa extraña, curiosa o destacada sobre mí, con el claro objetivo de informar a su Comandante. Si no era psicólogo, al menos tenía estudios sobre la materia, a juzgar por los giros y las maneras con las que me trataba, por los cambios de humor impostados con los que me sacudía, y por la forma de sonsacarme información que yo le iba ofreciendo a veces con facilidad y otras con medida resistencia. 

El caso es que aquella larga conversación dio para que él extrajera mucha información sobre mi, y yo apenas nada sobre él o sobre su Comandante, a pesar de que cuento con cierta habilidad para hacerlo tras una dilatada carrera como periodista. Apenas si acerté a entender que el Comandante Sergio era radicalmente opuesto a la negociación de la guerrilla con el Gobierno colombiano, que en aquella zona era como una especie de Dios al que todos seguían y respetaban, y algo curioso, que tenía una hija que vivía allí, con todos ellos, a la que adoraba pese a que parecía ser una muchacha díscola. 

Cinco días más pasaron tras aquel interrogatorio, y yo empecé a plantearme que tanto tiempo retenido se parecía más a un secuestro en toda regla, de los que acostumbraba a acometer esta gente, que a unas medidas extraordinarias de seguridad para con un periodista... Pero por el momento solo era una sospecha. 

Por fin, una mañana empecé a escuchar un tumulto fuera de la chabola, que no era sino el anuncio de que el Comandante Sergio había llegado. En esto, abrió bruscamente la puerta y me invitó amablemente a sentarme en una silla colocada justo frente a la que él ocupó, con una frágil mesa por el medio. Detrás de él se situaron dos hombres armados y con un aspecto muy marcial, cuyo único objetivo parecía que era intimidarme, si se comparaba con el aspecto bastante más desgarbado de la mayoría de los guerrilleros que pululaba por ahí. 

Un poco más atrás, tras el quicio de la puerta entreabierta, pude observar la figura de una joven, de entre 18 y 20 años, muy guapa, con rasgos indígenas y una vestimenta adecuada al entorno en el que nos encontrábamos. Me miraba fijamente con unos cautivadores ojos negros que emanaban entre curiosidad y tristeza. 

Tanto me sorprendió su presencia allí, más allá del profundo respeto que producía el Comandante, que no pude por menos que fijar mi mirada en ella, cosa que pareció molestar a mi interlocutor, quien se volvió lentamente para descubrir el motivo de mi despiste. 

Fue entonces cuando le gritó: 

-Largo de aquí, Carol. 

La joven desapareció inmediatamente y apenas si acerté a observar una breve mueca con sonrisa incluida de uno de los guerrilleros apostados junto a la puerta. El incidente sólo sirvió para que el Comandante Sergio endureciera su rostro, tras lo que me arrojó un cuaderno y un bolígrafo nuevos, con la clara intención de exigirme que apuntara todo lo que iba a decirme a continuación. Y fue entonces cuando comenzó su alegato, sin prácticamente dejarme hablar. 

Tras no menos de veinte minutos explicándome detalles de la revolución, de los ideales marxistas y leninistas y de la necesidad de la utilización de la fuerza armada, se esforzó en hacerme entender que el objetivo de la guerrilla es acabar con las desigualdades sociales, políticas y económicas, mediante el establecimiento de un Estado marxista-leninista y bolivariano, y en justificar la involucración de su grupo en negocios considerados ilegales como el robo, la extorsión, el secuestro, y el tráfico de armas, refiriéndose especialmente al narcotráfico y la minería ilícita, que constituyen su actividad principal en esta zona, y que definió como necesarios para obtener una imprescindible financiación con la que continuar su lucha. 

Después de escuchar toda esa diatriba, no pude por menos que ejercer como periodista, olvidando por momentos mi papel de secuestrado, y no sólo osé cortar el discurso de aquel hombre, sino que le hice alguna pregunta incómoda que consiguió contrariarle. 

-¿Porqué no apoya una negociación con el Gobierno que otro líderes de la Guerrilla si defienden? 

-Antes de negociar es necesario examinar el interés de la sociedad, examinar la democracia, para mirar qué transformaciones son necesarias. El Estado debe reflexionar, aprender a escuchar, y eso no puede ser so lo entre el las FARC y el Gobierno, sino con toda la sociedad. 

-¿Y no será que no se sienten preparados para entrar en la vida política sin las armas? 

-Muchos de nosotros empezamos esta causa sin las armas, tan solo vinculados a la lucha desde las comunidades, pero el Gobierno nos empujó a tomar las armas e impidió que fuera viable continuar haciendo política sin ellas. 

-Eso es victimismo... 

-Es la realidad, muchacho... 

Poco a poco, el tono de la conversación fue subiendo, y el rostro del Comandante se fue tensando, abandonando sus iniciales buenas maneras, pasando a elevar la voz más de lo habitual y llegando a intimidarme con gestos como golpear la mesa o levantarse de la silla por momentos. 

Enseguida descubrí que mi estrategia no era la más adecuada para mí seguridad, pero decidí mantener el tipo y, sosteniéndole la mirada, me encaré con él definitivamente. Fue cuando le pregunté: 

-¿Entonces esto es una entrevista o es que necesita a alguien que le escriba sus memorias? 

-No has entendido nada... me espetó. 

Y tras aquellas palabras, se levantó de la silla bastante airado y se marchó seguido por sus secuaces, que antes de abandonar el lugar me regalaron una mirada que decía algo así como... 

-La has cagado, amigo. 

Nunca más volví a ver al Comandante Sergio, que desapareció de la zona dejándome a buen recaudo de una veintena de hombres en aquel lugar en el que el tiempo comenzó a pasar más despacio de lo que hubiera deseado. 

A pesar de lo complicado de mi situación, la realidad fue que la ausencia del Comandante, de su lugarteniente, y hasta de algún oficial de mediana graduación, hizo que mi día a día mejorara y que se relajaran las medidas de seguridad. Apenas me encadenaban, cosa que sí ocurrió al principio, y en ocasiones me dejaban permanecer fuera de la chabola donde estaba encerrado, momento que aprovechaba para disfrutar del aire que olía a selva por todos los lados, y para observar todo lo que sucedía en el campamento, que no era mucho. 

Mi información sobre lo que acaecía en el mundo era mínima. No sabía si mi colega Guido había alertado de mi desaparición y si me estaban buscando; o si había decidido optar por la discreción. Ignoraba lo que sucedía en el mundo, porque por allí no había un mal aparato de radio al que aferrarse, o si existía, estaba vetado para mí. 

Mis días pasaban entre mis alterados pensamientos y mi desesperación, y yo permanecía aferrado a mi cuaderno que, por suerte, no me habían confiscado, y en él iba apuntando todo lo que se me ocurría a modo de diario, sin que nadie me dijera lo que tenía que escribir y sin que nadie leyera nunca lo que allí plasmaba. 

Pero aquel tedio se vio alterado con la llegada de Carol. La joven había logrado saltarse el pavor que el Comandante Sergio trasmitía a su gente, y había conseguido que hicieran la vista gorda, para poder hablar conmigo. Y ahí estaba ella, frente a mí, con sus preciosos ojos negros escudriñándome, descubriéndome cierta feminidad que se esforzaba por ocultar a los suyos, ofreciéndome un poco de complacencia y dispuesta a descubrir algo que fuera más allá de mi precaria situación. 

-Sé que esto tiene que ser duro para ti, pero es lo que hay... Me dijo.. 

-Pues muy agradable no es... Le contesté... 

-La vida aquí no es fácil, nos tienen acorralados, y tenemos que reaccionar de alguna manera. 

-¿Cómo?¿Asesinando y privando de libertad a inocentes? 

-A nadie le gusta todo esto, pero estamos abocados a ello. Tú pediste hablar con el Comandante Sergio, así que deberías haberle escuchado en vez de hacerle enfadar. 

-Claro que le escuché, pero creo que el también tenía que escucharme, en vez de intimidarme. 

-Él es así. Su vida no ha sido muy fácil, y mucho menos para mi, que soy su hija. 

Esa repentina confesión cambió el tono de nuestra charla, haciendo que bajara mi medida hostilidad. Poco a poco, conseguí hacerme con ella, hasta el punto de que me confesó, a riesgo de matarme si lo contaba, que no estaba muy de acuerdo con lo que allí pasaba, ni con la forma de gestionarlo todo de su progenitor. 

Me habló de su infancia, de sus miedos, de la dificultad de su situación allí, de su madre guerrillera muerta en una refriega con el Ejército colombiano, y de la radicalización de su padre a partir de ese momento. Me explicó sus deseos de conocer otros lugares, su reclusión allí con matices parecidos a la mía, su ambición por estudiar medicina y lo difícil que era vivir en un sitio así para una mujer. 

Pero también me preguntó por mi vida, mi trabajo, mis deseos, mis motivaciones... Hasta el punto de que aquella joven, consiguió envolverme... Y no sólo porque era lo único agradable que podía hallarse en aquel lugar... Sin embargo, tuve que reaccionar de repente, cuando un ruido de motor comenzó a escucharse en la lejanía, y ella salió de repente, no sin antes regalarme una tierna mirada y decirme... 

-Tengo que irme, pero volveré... 

Y de nuevo un tiempo indefinido por delante, ahora con mis pensamientos centrados en aquella joven que no sé si había enternecido mi corazón, o simplemente lo había cautivado. De nada me sirvieron mis preguntas e intentos de complicidad con los muchachos que me traían la comida. Nadie hablaba más de una docena de palabra seguidas conmigo, nadie salvo Carol, a la que esperaba cada día, por si decidía cumplir su palabra y volvía... 

Y así fue, aunque pasados muchos días, demasiados para alguien que solo hacía que esperar. Su llegada supuso una bomba para mí, por la manera, por el momento, por la intención... Apareció una madrugada, silenciosa, me despertó y me tapó la boca con su mano. Mi sorpresa se cruzó con su nerviosismo. Me pidió que me incorporará en silencio, y me arrastró fuera de la cabaña. Corrimos lo más sigilosamente que nos fue posible justo por donde ella me llevaba, esquivando milagrosamente a cualquier joven guerrillero de los muchos que andaban apostados por allí. 

Una vez fuera del campamento, corrimos y corrimos por la selva. Ella llevaba algo de comida y agua, además de un gran machete que en ocasiones utilizaba para abrirnos paso. Parecía saber muy bien dónde nos dirigíamos, aunque a veces algunas dudas complicaban el viaje. Tras algunas horas caminando sin parar, llegamos a la orilla de un inmenso río, que luego supe que era el gran Orinoco, y allí, los miembros de un resguardo indígena que Carol parecía conocía, nos dieron cobijo. 

Ambos estábamos destrozados de tanto correr por la selva y nerviosos de solo pensar qué nos pasaría si los compañeros guerrilleros de Carol nos encontraban; pero algo se había apoderado de nosotros y un hilo de pasión nos atrapó. 

Ni la cargada espesura de la vegetación que nos rodeaba, ni la certeza de que algún animal más o menos peligroso nos observaba, impidió que nos entregáramos el uno al otro, y que comenzáramos a acariciarnos lentamente mientras nuestros corazones se aceleraban. 

Éramos plenamente conscientes del lío en el que estábamos metidos, pero decidimos abandonarnos y amarnos a la luz de una pequeña hoguera que servía tanto para ahuyentar a las alimañas, como para iluminar nuestros movimientos pausados, acompasados, y teñidos de una sensualidad inusual en aquellas circunstancias. 

Los carnosos labios de Carol me hicieron temblar a su paso por buena parte de mi cuerpo, a la vez que el crepitar del fuego ahogaba el sonido de mi cada vez más profunda respiración. Tras aquellos momentos de pasión, un profundo sueño se apoderó de ambos, y nos hizo permanecer entrelazados toda la noche. 

A la mañana siguiente, tras despedirnos de los indígenas que nos habían acogido, tomamos una barca de madera y nos dirigimos río abajo, conducidos por la corriente, envueltos por una vegetación tupida, salvaje, brutal; con el sol fabricando potentes y extraños brillos sobre el agua, con el sonido producido por algunas aves inundando nuestros oídos. 

Pero aquella escapada duró poco, demasiado poco. Los guerrilleros dieron con nosotros tan solo un día después de nuestra huida. Nos persiguieron por la orilla del río hasta que no nos quedó más remedio que entregarnos. A Carol le gritaron sin parar mientras le advertían de la furia desatada de su padre. A mí me golpearon con la culata de un rifle hasta tres veces, en la boca del estómago, en la espalda, en la cara... hasta hacerme perder el conocimiento. Cuando desperté, estaba en la parte trasera de una pick-up, encadenado, solo, y roto por dentro y por fuera. 

Aquel episodio puso en riesgo mi vida y me condenó a permanecer varios días más en el más completo de los aislamientos. Nadie hablaba conmigo. Y nadie me daba cuenta de lo que había pasado con Carol, lo cual incrementaba mi desesperación. 

Algunas semanas después, un pequeño grupo de aquellos chavales me trasladó de regreso hasta Puerto Carreño, en cuyo aeropuerto me esperaba un avión militar. De vuelta a Bogotá, un oficial del Ejército me explicó con profusión buena parte de lo que había pasado en todo ese tiempo... que me habían estado buscando desde el primer momento, que mi secuestro se convirtió en noticia de portada diaria en España, que el presidente del Gobierno de Colombia había hecho de mi caso una causa política para acelerar el proceso de negociación, que el ministro de Asuntos Exteriores español había dirigido en todo momento el proceso de rescate, que me esperaban en Bogotá decenas de militares, políticos y periodistas... Pero nadie me dijo nada sobre Carol. 

No me resultaba muy creíble que el Comandante Sergio hubiera accedido a mi liberación, sin más, por motivos estratégicos, tras el mitin que me planteó criticando sin medida el proceso de negociación entre el Gobierno y la guerrilla. Tampoco parecía lógico que me liberaran tan fácilmente, sobre todo sabiendo que muchos secuestrados habían sido asesinados cruelmente solo por intentar escapar. 

Al llegar a Bogotá, todo el mundo se abalanzó sobre mi preguntándome por mi estado, por mi situación, por mis miserias, por mis recuerdos, por mis momentos, por mi futuro, por mis emociones... pero nadie me dijo una palabra de Carol, y claro, yo no la mencioné en ningún momento. 

Ahora, tras el fulgor del regreso, tras el esfuerzo de recordar y contar repetidamente algo que solo quisiera olvidar, tras el necesario sube y baja emocional, en la cómoda habitación de mi hotel, solo pienso en ella: en el castigo que podría haberle impuesto su agresivo progenitor, si tuvo algo que ver con mi liberación, si en algún momento conseguirá alcanzar sus sueños, si algún día volveré a verla, o si simplemente se la tragará la selva, esa selva amazónica y brutal en la que aprendí a amarla.